EL ATERRIZAJE

– A Mariví –

Ayer desde mi ventana presencié algo asombroso. Un avión gigante de dos pisos aterrizó delante de mi casa. Al principio todo estaba en silencio. Poco a poco un sonido como el de un silbido iba aumentando y acercándose por el oeste. De inmediato se convirtió en un espantoso ruido de 120 decibelios. Los pájaros se fueron en tropel, los árboles se retiraron y todos los elementos de la calle se apartaron porque el aterrizaje era inminente. Ver llegar un Airbus A380 de 72 metros de largo y 80 de envergadura a nuestro pueblo era algo verdaderamente extraordinario. Jamás había sucedido. El fuselaje brillaba con el sol, tenía ensambladas a él unas elegantes alas con dos motores cada una. Asomaba ya por completo todo el tren de aterrizaje: dieciséis ruedas agrupadas de cuatro en cuatro, más las dos delanteras. En la cola, el timón y los estabilizadores horizontales estaban pintados de azul cielo y decorados con una bandera que desconocía. El avión parecía perfectamente equilibrado. Sin duda el piloto disponía de experiencia suficiente para hacer algo tan difícil: aterrizar en pleno casco urbano.

                Cuando tocó el suelo salió mucho polvo y al instante se detuvo. De repente se abrió una de sus puertas y sin escaleras su piloto saltó como si nada hasta el suelo. Iba uniformado con camisa blanca, corbata, gafas de sol metálicas y por supuesto una gorra muy elegante. Era un mono. Sí, un chimpancé que mediría unos 90 centímetros de alto. Enseguida me vio y subió hasta mi ventana trepando como si nada. Cuando estuvo frente a mí, me saludó con una enorme sonrisa. Sus dientes eran grandes y marrones y toda su boca muy roja. Me entregó una carta y me animó a leerla. A medida que leía, mis ojos se abrían más y mi cara se iluminaba. No me lo podía creer, el avión era para mí. Un regalo del sultán de Coriponsa, una maravillosa isla perdida en el Índico donde todos sus habitantes son chimpancés. La carta, además, decía que disponía de asientos suficientes para trasladar a todos los niños y niñas de nuestro pueblo hasta su isla para disfrutar de unas magníficas vacaciones. Como estos días no podemos salir de casa, el mono se estiró, cogió el avión reducido a miniatura y me lo entregó. Ahora sé que, con tan solo soplar sobre él, adoptará su tamaño original. Esperaremos.

LORENZO ASÍN