LA MANZANA

– A Carmen, a Lucía, a Patricia y a Raquel –

Ayer cuando salí a mirar por la ventana vi que la tarde ya se apagaba. El cielo, con algunas nubes y una luz muy especial, se exhibía pintado de escarlata. Estaba contemplando aquella maravilla, cuando apareció un pequeño gusano reptando entre mis macetas. Su cabecita era negra y su delicado cuerpo dorado. Noté que me hacía unas indicaciones para que me acercase. Como se trataba de algo tan extraño, y mi curiosidad es siempre grande, no pude dejar de hacerle caso. Incliné un poco la cabeza y me dijo que mirase a las vías del tren. Entre el segundo y el cuarto raíl parecía verse, tal como me indicaba el pequeño gusano, una manzana. Salí de dudas gracias a mis prismáticos rusos. En efecto ahí estaba: roja, brillando y de una perfección inigualable. Nelo, ese era el nombre de mi nuevo amigo, me dijo entonces algo verdaderamente sorprendente. La manzana era la auténtica del cuento de  Blancanieves y también la casa donde vivía él. Dudé de esta afirmación tan contundente, pero a medida que me iba desvelando la historia de esa fruta, quedé más convencido.

                Nelo me contó la vida de la pobre Blancanieves que los hermanos Grimm no desvelan en el cuento. Advertí que no había tenido tan buena suerte con su príncipe azul, sencillamente porque ni siquiera había existido. Blancanieves, aseguró Nelo, nunca llegó a morder la manzana y por tal motivo nunca se envenenó ni hubo un príncipe. Los siete enanitos viendo que su ahijada iba a caer en la trampa de la madrastra convertida en bruja, antes de que la engañase, lograron interceptarla y reducirla. Negociaron con ella su vuelta al castillo a cambio de quedarse con Blancanieves como sirvienta de por vida. Desde entonces Nelo había estado viviendo en cada una de las manzanas que llevaba la bruja en su cesta. Había hecho miles de galerías en todas ellas para continuar con vida. Me contó que la bella y blanca muchacha de pelo ébano y rojos labios era desgraciada y esclava de los, para nada, adorables enanitos. Lo más sorprendente de todo su testimonio fue cuando me aseguró que él era el príncipe que jamás quiso separarse de su amada. Ante mí, tenía un humilde gusano que necesitaba un beso. El futuro de ambos estaba en juego y no me lo pensé dos veces. Saqué el libro de cuentos de mi infancia, lo abrí y le pedí a Blancanieves que le diese un piquito al desesperado Nelo. Lo malo es que, ahora, mi libro tiene doce páginas en blanco. 

LORENZO ASÍN