LA MOMIA

– A Adolfo, a Arlet, a Carmina y a Maribel –

Ayer por la noche salí a mi ventana y vi un sarcófago. Era enorme, de piedra gris y estaba labrado con jeroglíficos. Ver un sarcófago en la noche a cualquiera le asustaría un poco, pero yo sabía que dentro, como mucho, habría una momia. Lo verdaderamente extraño era el hecho de que estuviese ahí, junto al muro de las vías. Pocas personas van por la calle con un sarcófago a las tantas de la noche y además lo pierden. O lo abandonan con algún fin. Porque una pieza como esa, de unos 3.000 años de antigüedad, solo se encuentra actualmente en los museos o en Egipto. Su auténtico destino eran las pirámides, los templos o las criptas construidos hace muchos siglos. Una vez escuché en un documental que a las personas importantes en el antiguo Egipto las embalsamaban y convertían en momias y las dejaban para siempre dentro de un ataúd como ese. Un gato se acercó a curiosear y restregó su cuerpo un buen rato contra la base del sarcófago. Entonces ocurrió algo que me intrigó. La parte alta se desplazó abriéndose y un codo asomó.    

                Me quedé quieto, como para pasar inadvertido. De inmediato apareció una mano que empezó a empujar hasta hacerse sitio para liberarse. Algo con forma de persona se incorporó y salió. Enseguida me vio y levantó una mano como para saludarme. De su brazo colgaba una venda de color marrón claro. En realidad todo su cuerpo estaba vendado por completo. Se trataba de una auténtica momia. Cualquier persona se hubiese estremecido, pero yo quise ofrecerle la idea de que tan solo sentía curiosidad y admiración por su repentina aparición. Cruzó los brazos y se elevó hasta llegar a mi balcón. Aquel gesto sí que fue sorprendente. Mientras se quitaba su vendaje, me dijo que ya pensaba que nunca podría salir de aquel sitio tan pequeño y oscuro. Añadió también que él era un importante escriba de la época faraónica y que lo habían momificado tan acertadamente que hace unos trescientos veinte años recuperó la vida. Cuando terminó de desnudarse le ofrecí ropa para vestirse y se marchó. Recientemente he recibido una carta suya diciéndome que trabaja de guía en un museo de Madrid.

LORENZO ASÍN