EL AGUJERO

– A Fernando V., a Mariano C., a Miguel C., a Pepe L. y a Víctor M. –

Como ayer había estado aislado trabajando todo el día, cuando salí a la ventana me quedé atónito. No había nada. Tan sólo un gran agujero en el suelo que abarcaba toda mi vista. Era redondo y profundo. Además muy oscuro y desafiante. Parecía un verdadero agujero negro del espacio. Sentí más miedo de mi soledad en el mundo que del propio hueco vacío que estaba ante mí. Miraba y ciertamente no veía nada. Solo existíamos  mi ventana y yo. Ante un escenario así, lo mejor es esperar. Aguardé mirándolo de reojo. Fueron varios minutos. No parece mucho, pero cuando la situación es extrema, se hacen eternos. Entonces ocurrió algo maravilloso. Del agujero salieron los seis hijos y las dos hijas del Sol. Su carácter era bien distinto. Algunos, con aire frío y gaseoso, no dijeron nada. Los rocosos parecían más comedidos. La mayor era Tierra y la menor Venus, ambas, al igual que Marte y Mercurio me sonrieron. Después comenzaron a fluir, desordenados, multitud de seres, objetos, lugares e ideas. Advertí que todos eran mis favoritos.

                Brotaron montañas, ríos y profundos valles; aves, flores y todas las demás especies de animales y plantas. Aparecieron, vestidos de gala la imaginación y el arte y también museos, cines y parques; los libros y los juegos más divertidos del mundo; aventuras, sueños, risas y amigos… Disfrutaba con esa vorágine de intensos sentimientos, cuando descubrí que surgía, como del fondo del mar, un enorme submarino. Siempre me han fascinado por su forma. Su comandante me vio y me lanzó una réplica en miniatura. Tras él apareció un molino de viento con sus cuatro aspas saludando. Le seguían infinitas nubes con caprichosas formas jamás inventadas. Afloró más tarde un castillo medieval con su torre del homenaje y numerosos torreones circulares; con barbacana y puente levadizo; con murallas completas y elegantes almenas. El desfile fue memorable. Tras componerse ese mundo tan igual y tan distinto al que había, se presentó ante mis ojos el mejor invento de la historia: una bicicleta. Era perfecta. El agujero todavía continúa alumbrando sueños.

LORENZO ASÍN