EL CIRCUITO

– A Sere y a Arancha –

Ayer por la tarde salí a mirar por mi ventana y vi un verdadero circuito de Fórmula 1. Parte de él era urbano. Todo parecía preparado para una gran tarde de velocidad, rugidos de motores y entrega de premios. Pero el circuito estaba vacío de coches, pilotos, mecánicos y banderas. Yo miraba a derecha e izquierda y todo era silencio. A las siete en punto llegó un tren a la estación muy largo y especialmente decorado. Se abrieron sus laterales y empezaron a salir monoplazas de colores de las marcas más conocidas dispuestos a competir. Aquella calma se transformó entonces en acelerones, sirenas y derrapes. Los altavoces dieron instrucciones de que los pilotos se dirigiesen a la parrilla de salida. Podía ver claramente el inconfundible color rojo de Ferrari con un brillo especial; el blanco y azul de Williams, y su llamativo alerón; el color plateado de Mercedes, con un morro caído muy aerodinámico; la innovadora entrada de aire del Red Bull, con su célebre búfalo estampado en el chasis; y el naranja y azul de McLaren, tan compacto y elegante. Estaba disfrutando tanto que asomé por la ventana mi bandera de aficionado.

                Veía todo el circuito. En la vuelta de formación, los bólidos calentaron motores, neumáticos y frenos. Las casas comerciales habían engalanado el entorno como si se tratase de un gran premio. La salida me impresionó con un sonido atractivo y tan propio, con adelantamientos, roces y muchos nervios. La velocidad era máxima y el clamor innegable. Solo deseaba que volviesen a pasar por meta para disfrutar de una nueva vuelta. Tal era mi entusiasmo que al principio no lo noté, pero cuando llevaban ya dieciocho giros aprecié que los coches no eran igual que al inicio. Fueron modestos detalles que hicieron que me fijase especialmente. Los coches mermaban. No lo podía creer, el McLaren, el Ferrari y todos habían reducido su tamaño considerablemente. Algo estaba llevando a la mínima expresión aquel espectáculo. En la vuelta veinticuatro sus tallas eran menos de la mitad. Resultaba gracioso comprobar cómo su poderío iba desapareciendo sin encontrar razones evidentes. Tras la vuelta treinta eran tan solo coches de colección, meros juguetes que seguían tan deprisa como al inicio. Llegó un momento en que el espectáculo se apagó. No había coches, ni sonido de motores, ni bandera ajedrezada. Nunca sabré el porqué de aquello, con lo que me gusta la bandera de cuadros.

LORENZO ASÍN