UN RATÓN MUY LABORIOSO

– A Begoña y a Lorién –

Ayer me desperté por la noche; no podía dormir. Serían las cuatro de la madrugada y me acerqué a mirar por la ventana. La luz de las farolas iluminaba la calle y la noche parecía muy tranquila. El silencio era absoluto. No pasaba nadie: ni coches, ni personas, ni repartidores, ni policías. Me llamó la atención el vuelo de los murciélagos. Era tan silencioso como la noche. Sus siluetas parecían sombras, y para ser casi ciegos se movían hábilmente entre los edificios, las farolas y los árboles. Una vez leí que todo esto lo pueden hacer volando con sus manos y viendo con sus oídos. El eco que provocan sus propios ultrasonidos lo recogen con sus enormes orejas calculando la distancia y evitando chocar. Las personas no somos capaces de oír sus agudos chillidos. Se alimentan de insectos y como de noche hay pocos, se dedican a atracarse de polillas, los únicos que encuentran. Lo hacen de forma muy sigilosa, quedándose entonces mudos para poder escuchar sus aleteos y localizar su posición.

                Abstraído estaba observando murciélagos, cuando noté que en el suelo algo se movía muy rápido. Fijé la mirada y pude ver claramente que se trataba de un pequeño ratón. Caminaba con precipitación entre la valla de piedra y la acera. Agarrado con sus manos delanteras, arrastraba un minúsculo carro cargado con dos saquitos. Lo ocultó detrás de una piedra y salió disparado hacia el edificio junto al mío. Ascendió por la fachada hasta la ventana del quinto piso con una destreza que sería envidiada por el mejor alpinista. Aquello me resultó tan fascinante como el vuelo de los murciélagos. Parecidos pero dedicados a tareas distintas, me encontraba ante dos diminutos seres capaces de dar lecciones de agilidad y plasticidad a los más perfectos gimnastas del mundo. El ratón descendió en un periquete, llegó al carro y lo remolcó de nuevo hasta debajo de mi casa. En menos de diez segundos ambos nos sorprendimos cara a cara. Él levantó un dedito índice y se lo llevo a los labios haciéndome ver que el silencio debía mantenerse. Se acercó a mi oído izquierdo y me susurró que se dedicaba a recoger los dientes de los niños y niñas y a ponerles monedas debajo de sus almohadas. Me dejó de piedra. Sin pretenderlo había descubierto al mismísimo ratoncito Pérez.

LORENZO ASÍN