EL MANDO A DISTANCIA

– Al mundo de la sanidad y de la ciencia, a las fuerzas de seguridad y a todos los que nos cuidan –

Cuando ayer salí a mirar por la ventana para sentir la noche, algo me sorprendió. Era un mando a distancia en medio de la calle. No podía entender quién puede perder una cosa así siendo que las teles están siempre dentro de las casas. Toda su botonera estaba intacta y dispuesta para usarse en cualquier momento. Un pequeño gorrión se posó sobre él y me hizo un magnífico regalo. Lo interpreté así porque algunos gorriones me conocen ya que a diario les doy pan y galletas en mi balcón. El regaló consistió en golpear con su pico cada poco tiempo en los diferentes botones del mando perdido. Pinchó en el 3 y de inmediato, en un holograma, se proyectó una secuencia que me conmovió. Se trataba de una ciudad vacía. No había nadie por las calles. Los colegios e institutos aparecían cerrados, también las tiendas y los parques, los cines y los museos. Nadie paseaba ni disfrutaba en esos lugares. Mi amigo Gorri tocó después el 7 y la cosa fue a peor. Los hospitales se colapsaban con las ambulancias que llegaban. Las camillas eran transportadas por personas tapadas de blanco de arriba abajo.

                Cuando pulsó en el 8 se proyectó una secuencia de un virus en tres dimensiones. Se trataba de una esfera con muchos apéndices que apuntaban a cada uno de nosotros. Golpeó el botón de retroceder y a gran velocidad se pudo ver todo lo acontecido hasta su aparición en Wuhan en China. Gorri continuó picoteando botones. Iban apareciendo imágenes de vocablos nuevos en llamativos colores: acrónimos como covid, epi o erte; conceptos como pandemia, unión, generación, confinamiento y desescalada; ideas como no distingue, economía afectada o muerte en soledad. O las que tienen la palabra «nueva» delante como en guerra, forma de pensar y normalidad. Yo veía todo esto y sentía tristeza. Mi amigo el gorrión no dejaba de provocar mis sentimientos con sus continuos cambios de canal. Ahora eran sanitarios y bomberos, fuerzas de seguridad e investigadores realizando esfuerzos agotadores. Cuando el gorrión tocó el botón de apagar, la pantalla no le hizo caso. Aquello me estremeció especialmente. ¿No tendrá fin la pandemia? Pensé. Pero no, en el holograma apareció un enorme aplauso desde tu ventana y desde la mía. Había ya una vacuna.

LORENZO ASÍN