LA MONTAÑA DE LOS YUPIK

– A África, a Ana y a Jorge –

Cuando abrí ayer mi ventana para salir a mirar, vi una colosal montaña. Parecía imposible de imaginar, pero ahí se encontraba. Siendo mayo, estaba cubierta por completo de nieve y hielo muy compacto. En la base había un cartel en el que ponía: soy Denali, la mayor montaña de Alaska, y mido 6.194 metros. La montaña, como si de una descomunal maqueta se tratase, giraba sobre su pie y me permitía ver todo lo que ocurría a su alrededor. Pronto descubrí un poblado de devoradores de carne cruda, o lo que es lo mismo, esquimales. En Alaska se llaman pueblos yupik. Conté trece iglúes dispuestos en círculo. No podía creer la suerte que estaba teniendo. Vestían con enormes abrigos, gorros, guantes y botas de piel recia. Los niños, de los que solo veía sus caras untadas con grasa de ballena, se movían con mucha soltura y no se caían corriendo por el hielo. A veces me miraban, apuntaban con sus manos a mi ventana y se escondían riendo en sus casitas semiesféricas. Las personas mayores se desplazaban a cazar en trineos tirados por perros con aspecto atlético. Algo me dejó preocupado en el siguiente giro de la montaña. Un enorme oso blanco se acercaba peligrosamente por detrás.

                Quise avisarles, pero cuando movía mis brazos, los niños también lo hacían convencidos de que se trataba de un nuevo saludo por mi parte. Mientras, sus padres, lejos ya, daban caza a varias focas y se aproximaban sigilosamente a un rebaño de caribúes. Por ahí andaba también una morsa con sus dos colmillos de casi un metro de longitud. La montaña volvió a presentarme el poblado en una nueva vuelta y vi al oso tan cerca de ellos que me asusté. Los niños continuaban jugando sin darse cuenta del gran riesgo que corrían. Albergué ciertas esperanzas de que apareciese el Yeti para defenderlos, pero es posible que anduviese por el Himalaya. El poblado volvió a ocultarse de mi vista. Al mismo tiempo ocurrió algo sorprendente: los montañeros de la escultura de los jardines de la estación descendieron de su eterno letargo en la pared de piedra y se dirigieron a escalar el Denali. Oí claramente que se congratulaban, pues habían estado esperando para hacer algo así varias décadas. Yo sabía que aquella ascensión iba a ser memorable. Como ya estaban en el campo base, la verdadera escalada sería de unos 4.000 metros de desnivel. Cuando apareció nuevamente el poblado vi a los niños jugando con su mascota. Era el oso blanco de unos tres metros de largo y media tonelada de peso.

LORENZO ASÍN